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¨El Dilema¨ por Erika Parga

Publicado: 16/02/2018


Allí estábamos, frente a frente, nuestras miradas se conectaron apenas nos vimos. En un instante, nos acercamos, mientras que los chicos decidieron dejarnos solos. Nos tomamos la mano, tímidamente, en señal de saludo. Parecíamos dos extraños que se acababan de conocer, aunque nos conocíamos de pies a cabeza, al derecho y al revés pues, por más que lo negásemos, nos conocíamos de toda la vida.


Lo invito a pasar, con un ademán, le sugiero tomar asiento. Él acepta con una sonrisa tras mucho insistir, sonrisa que le devuelvo. Antes de que se siente en el sofá, rápidamente pregunto:

–¿Querés una taza de café?
–No, estoy bien así, Cris. No te molestes —respondo amablemente.
–Por favor, sos mi invitado.

Sin permitirle negarse me dirijo hacia la cocina, en ese intervalo pequeño de espera, donde sólo se escucha la cafetera sirviendo en la taza y acompañado de un fuerte aroma, suspiro. ¿Desde cuándo me llama Cris? Durante estos años, las pocas conversaciones que tuvimos luego del divorcio han sido frías y secas. Era extraño. Me inquietaba la confianza con la que se atrevía a hablarme. ¿Quién se cree ese infeliz? El café se estaba desbordando, eso fue lo primero que noté cuando volví a mí misma.
No estaba acostumbrado a este tipo de lugares, sin duda. El cuarto al que me arrastraron los niños se suponía que era una simple sala de estar, pero parece más bien… Bueno, no sabría cómo explicarlo, nunca estuve en casas (o mansiones) así de inmensas y costosas. Una mesita de vidrio larga, un par de sofás de terciopelos, una gran alfombra morada, un ventanal cuya altura me aterraba ver. Cristina vive en una mansión, la verdad. Tampoco es que la estuviera visitando por gusto. En realidad, fui arrastrado por los gemelos, supongo que querían reconciliarnos o, por lo menos, vernos hablar. Es cierto que hace bastantes años no veía a mi ex mujer, pero tampoco me entusiasmaba la idea; mero compromiso por mis hijos.

–¿Para vos no? —pregunto cuando regresa con una pequeña bandeja, con una taza.
–No. Estoy bien. —sonrío.

Tomo asiento frente a él, en verdad, no puedo evitar mirarlo; ropa desarreglada (camisa a rayas, jeans rotos), mismos ojos canela, cabello castaño e incluso la misma barba de siempre. Solía repetirme todos los santos días que, si había algo que jamás se quitaría, sería su barba. Como si fuera su mayor orgullo. Para colmo, con tal de no hacerme enfadar, agregaba que amaba mucho más a los niños, que me amaba hasta el infinito. Suerte que me divorcié, ¡ridículo!

—¿Qué tal Ale? —digo interrumpiéndole.
—¿Qué tal Dani? —digo interrumpiéndole.
—Hablá vos primero, por favor. —me río.
—Bueno, Ale se graduó de la escuela técnica, como sabías, pero no quiso trabajar de otra cosa que no sea ayudándome con mi bar. Aunque hace relativamente poco descubrió su pasión por la natación. Estamos: Juli, Dani, su familia, sus amigos y yo apoyándole en todo lo que podamos: pagar el club, llevarlo, verlo entrenar… esas cosas.

Mi risa se apagaba acorde seguía comentando. ¡Debe estar loco! No podía creer lo que estaba diciéndome. No podía creer el tipo de padre que era para mi hijo, el niño que me correspondía a mí cuidar y amar, no a él. Todavía es el mismo vago de siempre, el vago con el que me había casado, que se dejaba llevar por sensaciones efímeras como la “pasión”. Yo lo hubiera mandado, sin dudarlo, a una universidad decente para que estudiase alguna profesión útil para su vida y no una simple “pasión” que pronto se esfumaría.

—¿Y el bar?
—Sigue siendo pequeño, pero vamos creciendo poco a poco.

Como sospechaba, típica excusa suya para ocultar las grandes verdades.
La conversación continúa probando, de alguna manera, cómo supuestamente he fracasado como padre. ¿Cómo no ver sus obvias intenciones? Sé que me ahogará con preguntas para dejarme en ridículo. Lo sabía. Lo sabía por su expresión porque parece contener la rabia. Ella quiere demostrarme que, si en un principio se hubiera quedado con la custodia de ambos, serían igual de perfectos. Sin embargo, se equivoca demasiado: a mi queridísimo Alejandro lo he criado en amor y paciencia yo solo. Al menos ha aprendido a seguir su propio camino, a ser un gran hombre. Daniela todavía tiene que superar a esta víbora. Estaba esperando más preguntas, pero esta vez yo me adelanté.

—¿Qué tal Dani?
—¿Ella? Pft. A pesar de sus veinte años, en este último tiempo ha estado ocupándose de practicar ballet.  Creo que te acordás que empezó desde muy temprana edad, ¿sabías que ha protagonizado más de cinco presentaciones? ¡La mejor alumna! También hace poco comenzó una carrera universitaria: Nutrición. Sé que suena difícil, pero no es problema para una chica inteligente.
—Seguramente debés estar muy orgullosa.
—Lo estoy.
Mejor hubiera dicho “orgullosa de ser tan manipuladora”, ahora entendía por qué Dani venía a visitarnos seguido.
—Por cierto, ¿escuché que mencionaste a una tal…?
—Juli. Sí, es mi mujer.
—¿Desde?
—Hace un año más o menos.
—¿Tiene…?
—Ella también está divorciada, dos hijos tiene.

Exacto, está celosa. Diez años han pasado desde entonces y parecía ser la misma niñita caprichosa a la que se debía obedecer; lo que pensaba era lo justo, lo era y punto. A pesar de sus bien conservados treinta y pico de años, la apariencia sólo es la cáscara de un ser podrido. ¿Sabes qué? No te tengo miedo. Esta vez ella no sería capaz de rebajarme, ni de responsabilizarme de sus errores, estaba completamente orgulloso de Juli, de Ale, del poco tiempo que pasé con Dani, de mis hijastros. Juli es una mujer maravillosa que estuvo, está y estará siempre para mí.

—Celeste y Tomás, son unos angelitos.
El café de mi taza no es lo único que saboreo, en un largo y ruidoso sorbo, sino también su ceño fruncido, el hecho de que le molesta cómo no fracasé en el amor, sino, sobre todo, cómo la había superado.
—¿Y vos?
—¿Yo? Ah, sí sí. Mi trabajo bien, ascendí a vicepresidente de la empresa recién esta semana.
—Ah, qué bien.

Sabía que preguntaría por mi vida amorosa pues era demasiado obvio que no me superó. No necesito tener una pareja para vivir, gracias. Has buscado una mujer que pudiese reemplazarme; excelente jugada, así te apropias de los bienes de tu supuesta mujer y, de paso, dejarle la tarea de autoridad responsable a otra persona. De esta casa Daniela salió libre e independiente, como una gran mujer, a los diecisiete años. No siguió viviendo en la casa de su papi con la excusa de estar trabajando. Mi hijo se está malcriando en tu departamentito. Con razón sigue viviendo con vos, porque lo educaste para ser vago. No veo la hora de convencerlo de que viva con nosotras, sé que es un adulto de veinte ¡pero por lo poco que le queda debe aprender unas cuántas cosas! Qué vergüenza me das.

Es más que obvio que en estos diez años nadie haya sido capaz de soportar tus caprichitos, sólo yo era capaz de complacerte, pero ahora no encontrás un reemplazo para ese vacío. Me alegra demasiado haber conocido a Julieta. Ella es la luz después de la tempestad. Ella, por lo menos, me acompaña, me entiende, me apoya. No me dice que deje fotografía y mi bar para ser ingeniero. Te encaprichaste y lo sabés perfectamente.

—En verdad me alegra que podamos volver a encontrarnos, ya sabes, tener una agradable conversación.
—Opino lo mismo, ¡me olvidaba! Muchísimas gracias por invitarnos a Ale y a mí a tu increíble casa.
—Al contrario, visítennos cuando gusten.
   Bruja malparida.
   Vago de mierda.

Erika Parga es integrante del Taller literario de Marianela.

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